Cuando voy sola por la calle me
gusta escuchar ráfagas de conversaciones ajenas, sean pequeñas frases de una
pareja joven, adulta, grupo de jóvenes, amigas, ancianos sentados en un banco,
padres con sus hijos…es algo que me divierte.
El otro día iba en el autobús
cuando me adentré en una conversación de una pareja de ancianos. No hablaban
mucho, pero la mujer derrochaba ternura a su marido a raudales, le acariciaba
la mano, le hablaba, le limpiaba la cara de manera delicada, le ayudaba a
levantarse del asiento, a bajarse del autobús….
Dio la casualidad que fueron a
bajarse en la misma parada que yo. Cuál fue mi sorpresa al ver que el hombre
que estaba cerca de ellos de pie en el autobús entretenido con su móvil y con
cara de pocos amigos era…..su hijo!!
Desde el minuto uno que pusieron
pie en la acera, el joven comenzó a increparles: “vamos más rápido”, “pero que
estás diciendo?”, “así no vamos a ningún lado”, “coño, vamos!”…. ellos
siguieron el paso impasibles.
Fueron unas cuantas frases
aisladas, pero sentí asco y repugnancia por la situación, ¿Qué derecho tiene a
hablarles así?, se cree más importante dando voces o mandando sobre ellos?
Por unos segundos se me pasaron
muchas cosas por la mente…esos ancianos no se encontraban en plenas facultades,
ni físicas ni psíquicas, y son conscientes de ello, sin embargo su hijo no lo
ve o no quiere verlo y los trata con desprecio.
Todos nos hacemos mayores, y
debemos y tenemos que asumir que nuestros padres se hacen mayores, el ritmo de actividad
no puede ser el mismo que años atrás, las fuerzas flaquean, las piernas se
vuelven torpes, la cabeza en ocasiones se va para no volver, las enfermedades
aparecen, y finalmente el corazón se para.
Hay que ser consecuente con los
tiempos, asumir que los padres no son eternos, que sus facultades fallan, que
llegará el día en que nos falten, al igual que llegará tu día, antes o después.
Acéptalo, es ley de vida. Que no llegue el día en que te arrepientas de esas
subidas de tono a destiempo, de ese trato vejatorio, de esa mirada cargada de
malestar. No, muéstrale tú apoyo, sé cercano, cómplice en sus actos, comparte
tú tiempo con ellos, disfruta con ellos, enséñale una nueva visión de lo que le
rodea, no te avergüences, abrázalos y quiérelos mucho.
Ellos siempre han estado ahí, te
han tendido la mano en los buenos y malos momentos, por qué no hacer tú lo
mismo?.
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