De manera discreta y silenciosa
llegan a tu vida, y acaban convirtiéndose en un pequeño ser con el que
disfrutas, pasas buenos ratos y te hacen compañía.
Muchas veces, aún evitándolo
pensar de manera anticipada, te haces esa pregunta, el como será, en que año,
en que momento, circunstancia, motivo, causa….sin embargo, tras como llega esa
visión, rompes ese pensamiento.
El día llegó y toca enfrentarse a
él, cabizbajo, sus orejas bajas lo indican todo, ni el ofrecimiento de su más
preciado alimento consiguen animarlo.
Miras sus pequeños ojos negros y
sobre mis mejillas discurren inevitablemente lágrimas.
Esa impotencia de no saber que le
pasa, que le ocurre…martillean en mi cabeza.
Tranquilidad de creer haberle dado la mejor vida que podía tener, ha
disfrutado saltando, corriendo, comiendo sus verduritas, dándose sus “baños”, echándonos
“peleillas”, abrigado del frío.
Que duro tiene que ser, ser
consciente que de que te estás apagando, de que no te quedan ganas, ni fuerzas
para salir a la calle, y que impotencia para el que lo ve, que le asaltan las
dudas sobre su felicidad durante el tiempo vivido en esta casa.
Acariciarlo, sintiéndolo muy
próximo sabiendo que esta será la última caricia que le darás a su suave
pelaje.
Mi pequeño inocente, mi fiel
compañero, mi solitario, de mirada clara y transparente, de pensamientos que se
ven con sólo mirarlo, de intenciones claras, de estrategias simplonas pero
curiosas, graciosas y con mucho sentido.
Sus ojos se van cerrando poco a
poco y sus latidos son cada vez más pausados. Vete tranquilo, en paz, sabiendo
que vas a reencontrarte con hermanitos tuyos y que siempre estarás en mi
memoria y en mi corazón. Gracias Illa.
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